domingo, 25 de julio de 2010

La niña que me hizo reír

La pasamos muy bien en una fiesta cuando hay alegría, amigos y un muy buen ambiente, pero cuando hay que hacer labor en ella, ya sea que nos toque estar atentos a las cosas que hay que servir, preparar y atención a los invitados es abrumador y no se diga si tenemos que hacer reír a los demás.
Cuando estuve en USA estudie y trabaje de payasito por 5 meses. Fueron emocionantes y divertidos. Esta etapa me tocó ya casi para integrarme a este Instituto misionero. Ese tiempo, puedo decirlo fue un poco cansado. Muchas experiencias me traje de aquel trabajo y espero un día plasmarlas. Pero sin duda hay una que me ha dejado marcado para toda la vida. Sucedió un día que andábamos de fiesta en fiesta, como lo hacíamos cada fin de semana. Recuerdo en ese fin de semana lo que más queríamos era que llegara la noche para descansar. Pues resulta que ya al terminar la última fiesta de ese día empaque nuestras cosas en el cajón donde traíamos las pinturas con que pintábamos a los niños, los globos, las paletas, los trucos y demás cosas. Salíamos del lugar de la fiesta y nos encaminamos a donde estaba la salida; buscamos a la señora que nos había contratado para que nos pagara la parte que faltaba del contrato por el show de payasos. Nos dio ese dinero y nos dirigimos a donde estaba el coche para regresarnos al club de payasos y despintarnos. En ese momento alguien me agarro mi traje por la parte de atrás. Yo volteé y mire que era una niña. En la mente me cruzo lo que tal vez quería esta niña. Siempre lo hacían ya al finalizar la fiesta. Los niños nos buscaban para que les hiciéramos una figura de globo o les diéramos un dulce. Yo un poco cansado y con mi cara un poco seria le pregunte qué era lo que quería y me respondió: Gracias por venir a mi fiesta payasito. Dame un abrazo. Yo me desplome de vergüenza y de ternura al ver ese gesto tan bonito por parte de la niña. La sonrisa volvió a mi rostro y nos dimos un abrazo.
Esa niña le devolvió alegría a mi cansancio. Nunca pensé que me pidiera eso alguien que agradecía por el momento de diversión que habíamos dado a su fiesta, nunca me había pasado y ya más nunca me pasó. Ahora pienso que muchas veces dejamos que el trabajo y la fatiga nos hagan serios y aburridos, momias andantes con mucha sangre por las venas. No hay vida en nuestros actos y todo se torna monótono. He aquí en esta anécdota para ser felices unos a otros y no dejar que la frialdad llegue a nuestras vidas. Los gestos pequeños que vienen del corazón nos dan vida y alegran el espíritu. Busquemos los detalles para alegrarnos y alegrarles el día a los demás. Son pequeños pero grandes en amor.
Hasta pronto.
Att. Modesto Lule
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