miércoles, 1 de diciembre de 2010

La serenidad la da Dios si la pedimos


Hola me da mucho gusto que pases por esta página para leer algo de lo que escribo. Te comento que cuando no tengo trabajo me doy tiempo para salir al centro de la ciudad y ver qué hay de nuevo por esos rumbos.
Hace dos días fui y para colmo me toco encontrarme con una manifestación. La ciudad de México es conocida como la ciudad de las marchas y no es raro atorarse en una calle por una o más horas. En varios lugares a la vez se pueden dar este tipo de manifestaciones y los problemas que causan son desastrosos. Desde llegar tarde al trabajo, perder el vuelo, el autobús o hasta perder la novia. Son muchas cosas las que se pueden dar en una sola. Pues a mí me toco un plantón en mi recorrido al centro de la ciudad por tal motivo el camión iba a vuelta de rueda. Yo en cierto momento me relaje, pero me desesperaba no avanzar. En un viaje que por lo regular duro de 35 a 40 minutos, ya llevaba una hora y no estaba muy cerca de mi destino que digamos. Faltaba una cuarta parte del camino. Así que trate de rezar un poco, después leer unas páginas de uno de los libros que siempre me acompañan. El acelerón y el frenazo del autobús, me ponían más inquieto. La sonadera del claxon y los ruidos de los motores hacen que uno se ponga de nervios. Cuando estábamos a punto de llegar a la central de camiones, notamos que en frente de la central estaba ese dichoso plantón. Habían cerrado las calles y hacía difícil el acceso para todos. No era el único que estaba molesto también los demás conductores. Pude notar como un chofer de transporte público se bajo de su autobús para decirle al conductor de un coche muy pequeño, que se recorriera un poco hacia adelante, para poder salir él del lugar donde se encontraba detenido. El otro chofer, levantaba las manos y mencionaba cosas que no pude escuchar, pero no era necesario saber que era lo que decía, con el manoteo de manos y por la cara fruncida pude imaginarme lo que decía. No creo que hayan sido piropos, ni saludos. Pero ni aun así, el conductor del automóvil pequeño se movía. El chofer del autobús nuevamente se acerco y le pidió que se moviera un poco para adelante, ya que tenía el espacio para hacerlo. Y nuevamente este conductor levantaba las manos y sacaba su rostro por la ventanilla de su auto para decir más palabras y palabras. Ya no termine de ver esa escena porque el autobús donde yo viajaba camino hacia el interior de la central. Cuando disponía a bajarme le dije al conductor que muchas gracias, él me respondió: Para servirles. Al llegar al zócalo, el centro de la ciudad utilice el teléfono. Fueron dos llamadas las que hice, la gente fue muy atenta, me extraño muchísimo, parecía como si nos conociéramos de hacia un tiempo o fuéramos hasta familiares. Eso me dejo extrañado. Una hora después compre unas cosillas para mi computadora en la plaza de la computación. Cuando me dirigí a pagar, me di cuenta que el dinero que llevaba estaba todo desacomodado y los billetes eran de muy baja denominación. Estaba yo en un lio, ya que había mucha gente a mí alrededor y tenía que contar muchos billetes. Con las prisas le entregue un puño de billetes a la cajera. Ella los conto y me dijo la cantidad que le había dado. Le di otros pocos, ya que por los nervios se me iban los números contados de mi mente. Ya no sabía ni cuanto le había dado. Y le pregunte: ¿Cuánto te di? Ella me señalaba lo que yo le había dado, y me decía cuanto era lo que me faltaba. Ella contaba el dinero del otro lado de la ventanilla mientras yo la veía. Por fin, termine de darle el monto de mi cuenta. No era mucho dinero, pero los billetes eran de los que tenían menos denominación así que era más difícil contar. Cuando termino de contarlos me miro y con una leve sonrisa en los labios me pregunto que si quería que los contáramos otra vez. Yo titubee, pero al final le dije que sí. Ella sin quitar la sonrisa de sus labios prosiguió a contarlos nuevamente. Yo quede satisfecho y salí muy contento de ese lugar. Después de eso note que hay una gran diferencia en la forma de tratar a las personas y la forma como nos dirigimos hacia ellas. Es una distancia abismal la que separa a una gente enojada de una que esta sonriente y feliz. En pocas palabras, una persona que está en paz, trasmite lo que lleva dentro y eso lo notamos los que estamos ante esa persona. Es lógico darse cuenta que lo que más nos agrada es toparnos con ese tipo de gente que lleva paz en su alma y no a esa gente que al momento de prestar su servicio lo hace para hacer viles. Es decir, corajes. Busquemos la paz del corazón y dejemos una huella imborrable en las demás personas con una sonrisa. Hasta la próxima. Att. Modesto Lule msp teologomsp@gmail.com