lunes, 1 de agosto de 2011

CINCO PANES Y DOS PECES


Por Modesto Lule msp teologomsp@gmail.com


Daniel, Filemón y Joel tomaban el camino de regreso a casa, después de haber ayudado a los pescadores a acomodar las redes que utilizaron durante la noche.
En ocasiones, esta ayuda era tan bien gratificada que incluso les faltaban fuerzas en los brazos para llevar los peces que les regalaban, pero en otras, no les tocaba ni un solo pez. La suerte estuvo ahora a favor de Daniel, pues el pescador le había regalado dos peces y cinco panes que le quedaron la noche anterior.
El día apenas comenzaba y la gente estaría saliendo de sus casas para realizar sus labores comunes; los muchachos jugaban a lanzar piedras al mar para ver quien las lograba arrojar más lejos. Joel se agachó para tomar más piedras, pero se levantó repentinamente para ver lo que sus oídos percibían. Tanto Daniel como Filemón estaban estáticos al ver una gran multitud que venía en dirección a ellos, y al tenerlos casi enfrente, se hicieron a un lado. Eran hombres y mujeres que corrían ansiosamente. Algunos de ellos llevaban a sus niños cargados en los brazos, otros llevaban a sus enfermos en camillas. De pronto, una mujer gritó: – ¡Se dirige a Betsaida, se dirige a Betsaida! Todos, en tono de alegría, gritaron: – ¡Vamos a ganarle! ¡Corran, corran! Los muchachos se miraron unos a otros, como preguntándose entre sí: – ¿De quién hablan? ¿A quién siguen? Filemón levantó los hombros como respuesta. Una mujer anciana se detuvo junto a ellos y Joel le preguntó: –Mujer, mujer, ¿a quién persiguen? –Al profeta Jesús. Contestó ella. Joel expresó a los demás: –¡Ésta es nuestra oportunidad! ¡Vamos a conocer a Jesús de Nazaret! Todos guardaron silencio pero en su corazón había una gran alegría que mostraban con sus sonrisas. – ¿Qué esperamos?, dijo Daniel. De inmediato se integraron al gentío que se-guía a Jesús de Nazaret.
Llegaron hasta un monte despoblado donde encontraron a Jesús con sus discípulos.
Daniel y sus compañeros logra-ron acercarse hasta donde estaban ellos. Jesús caminaba entre la gente predicándoles la Buena Nueva. Un gran gentío lo seguía: eran más de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, que sólo querían escuchar una frase que atravesara su corazón. Los ojos de Jesús se posaban sobre esa multitud y con ello les decía todo, no eran necesarias más palabras; tan sólo extendía el Señor su mano sobre los enfermos y quedaban sanos de inmediato.
El día comenzaba a declinar. Los discípulos se acercaron a Jesús para decirle: «Estamos en un lugar despoblado y ya se ha hecho tarde; despide a la gente para que vayan a las aldeas y a los pueblos más cercanos y se compren algo de comer.»
Jesús les contesto: «Denles ustedes de comer.» Jesús siguió predican-do mientras los discípulos se preguntaban cómo alimentar a esa multitud. Felipe decía: «Doscientas monedas de plata no alcanzarán para dar a cada uno un pedazo de pan». Daniel, Filemón y Joel estaban cerca de ellos; Daniel escuchó esto y recordó que en su morral llevaba aún lo que le había regalado aquel pescador y comentó a su compañeros: –Muchachos, ¿Qué les parece si doy a los discípulos de Jesús lo que a mí me dieron los pescadores? Tal vez servirá de algo para dar de comer a esa gente –¿Estás loco?, le dijo Joel. –¿Crees que eso va alcanzar para todos? Solamente a ti se te ocurre pensar eso; mejor nos lo comemos nosotros, apenas nos servirá... –Es cierto, afirmó Filemón.
Daniel agachó la cabeza, abrió su viejo morral contemplando lo que llevaba, y les dijo: muchachos , ¿acaso no seguimos a Jesús de Nazaret, a quien llaman el Profeta, el mismo que sana a los enfermos, levanta a los tullidos y hace ver a los ciegos? ¿Acaso no creen en lo que realiza en ellos? Yo sé que es nada lo que ofrezco para tanta gente, pero tengo la seguridad de que Jesús hará algo con esto.
Daniel se acercó a Andrés, hermano de Simón Pedro y le mostró lo que llevaba en su morral. Andrés exclamó: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es ésto para tanta gente? Jesús les dijo: «Hagan que se siente la gente.»
Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierda nada.» Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos que no se habían comido: eran las sobras de los cinco panes de cebada.
De toda la gente que seguía a Jesús solo uno se atrevió a darle todo lo que tenía. Era muy poco para tanta gente. Lo mismo sucede cuando un hombre de buena voluntad quiere hacer algo por su prójimo: ¿Qué puede hacer un solo hombre ante tanta gente necesitada? De todos los hombres que seguimos a Jesús, sólo algunos quieren dar lo poco o mucho que tienen, pero si estos pocos dones los ponen en manos de Jesús, Él sin duda, realizará milagros. Un milagro puede cambiar la vida de una persona, de una familia o de una sociedad entera. Son milagros que se necesitan en nuestros días para cambiar el mundo. Y para cambiar el mundo se necesita gente arriesgada.
Es triste decirlo, pero «los enemigos más cercanos de la Iglesia son los cristianos mediocres». Éstos que nunca dan y cuando dan lo dan muy medido y de mala gana. Al final, «el que siembra con mezquindad, con mezquindad cosechará, y el que siembra sin calcular, cosechará también fuera de todo cálculo. «Dios ama al que da con corazón alegre.» (2Co 9, 6-7).

2 comentarios:

Jaime Arias Cespedes dijo...

Dar lo que tenemos no es dificil cuando se tiene buena voluntad,compartir lo que hemos ganado con sacrificio y esfuerzo tampoco es dificil, solo basta querer con corazòn sincero.
Un saludo para Usted Padre Modesto
Mi nombre es Jaime Arias Cespedes de Chile

uno que escribe dijo...

Dios sigue haciendo el milagro de aquellos días mostrandonos su poder es mucho el alimento que en todo el mundo existe por voluntad de nuestro Creador, y quienes tenemos acceso a lo que su voluntad permite conlleva el deber de repartir por su ejemplo de amor hacia nosotros tenerlo de igual forma con nuestros hermanos.