martes, 17 de enero de 2012

LA IRA


Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día.
 
Por P. Modesto Lule msp
teologomsp@gmail.com
Twitter: @ModestoLule
Facebook: ModestoLuleZ


Me encontraba en el aeropuerto de la ciudad de Los Ángeles California listo para emprender mi viaje de regreso a México. Estaba un tanto distraído pero no del todo ausente. Muchos viajeros hablaban mientras esperaban su vuelo. Sus voces se mezclaban formando un gran bullicio en aquel lugar. Suspiré hondamente y  metiendo mi mano en el bolsillo de la chamarra, saqué mi boleto de avión. Vuelo 641 con destino a la Ciudad de México.
Hora de partida 1:15 am,  hora de llegada 7:15 am,  asiento: 21, A. Alcé la vista, no comprendía el murmullo que cada vez se hacía más fuerte entre los que se encontraban en la fila para el check in que requiere la aerolínea. Pronto supe el motivo de aquel barullo: –El vuelo se retrasó y saldrá  mañana a las 8:30 am, comentaban los que estaban al frente.  Oh no, eso era lo que me temía, pensé. Mientras decidía qué hacer escuché un grito furibundo: --¡Maldita sea! Ustedes no saben quién soy yo. Pero esto les va a costar caro y se van a acordar de mí. Quise descubrir quién era el hombre que escupía tanto fuego por la boca  y con disimulo volteé. Su manera de hablar dejaba de manifiesto su precaria educación. Lo único que le hacía notar de entre los demás personas eran las numerosas cadenas de oro que colgaban de su cuello y que lucía altaneramente con su pecho descubierto. El individuo tomó los papeles que estaban en el mostrador y los lanzó por los aires. Alguien trato de detenerlo y con más fuerza gritó: ¡Estúpidos! Las demás personas se miraban consternadas por la escena. Pasados algunos minutos llegaron los elementos de seguridad del aeropuerto e iniciaron un interrogatorio. --¿Qué es lo que dicen? No entiendo, gritó el hombre que insultaba. No sabía hablar ni una palabra en inglés y se desesperaba ante las palabras de los guardias de seguridad. Una de las personas que se encontraban por ahí se ofreció a ser su intérprete y al tipo altanero no le quedó otro remedio que aceptar. El representante de la aerolínea le explicaba a la persona enojada que una repentina tempestad les obligaba a suspender el vuelo, pero que la empresa estaba dispuesta a pagar los gastos del hotel que lo hospedaría por aquella noche.  --Más les vale, gruñó el individuo que ya se encontraba más tranquilo, su ira se había disipado. Todo volvía a la calma mientras hablaba yo a mis familiares para que vinieran. De pronto alguien llamó mi atención, era un hombre de avanzada edad. Me sonrió con franqueza y yo le devolví la sonrisa. – ¿Se estropearon los planes verdad? me dijo. --Así es señor, le contesté. –No cabe duda de que nuestra sociedad atraviesa etapas difíciles. – ¿Porqué lo dice, señor?, le pregunté. –Por el incidente que sucedió hace unos momentos. Es increíble cómo el hombre se deja llevar prioritariamente por instintos y se vuelve un salvaje al no saberse contener. La ira nos hace inconscientes y no logramos controlarnos… 

Platicamos durante un rato hasta que llegaron mis familiares. Ese día en un solo momento noté a dos personas pasando por las mismas circunstancias pero con comportamientos totalmente diferentes. En la actualidad caemos constantemente en el pecado de la ira. Nos enojamos y violentamos hasta dejar a la otra persona destruida o humillada. Es inevitable enojarse, pero lo peor es pecar enojados. Los gritos, las humillaciones, la soberbia o el orgullo se mezclan y hacen que el hombre se vuelva irracional cuando la ira le domina. Todo esto lo atribuyo al poco tiempo que le dedicamos  a cultivar la paciencia y a la reflexión. Vivimos en tiempos tan acelerados que olvidamos cultivar las virtudes que nos ayudan a ser mejores seres humanos. San Pablo dice: “Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo”. Ef.4, 26-27. La paciencia modera la tristeza y la mansedumbre modera la ira. Por eso cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre reprimir los movimientos de enojo.  Estoy convencido que nos hacen falta muchos ejercicios de paciencia para crecer en esa virtud. Pidamos al Espíritu santo los dones de paciencia, comprensión y sabiduría para crecer cada día en santidad y así también eliminar el pecado de la ira.


Hasta la próxima.

2 comentarios:

coto dijo...

A mi me pasa que cuando la ira se apodera de mi comienzo a arrugar el ceño, miro de reojo y me molesto conmigo misma, pues comienzo a perder la paciencia y sé que pierdo la oportunidad interpretar aquel mensaje, que me quiere hacer crecer.
Al final monto en cólera conmigo misma no logro olvidar lo que me pasó y dado el momento adecuado lo converso u oro, solo así logro liberarme de esa culpa, cerrar ese episodio y quedar en paz.
Cuando caemos en la ira es porque nos hemos sentido profundamente violentados...es nuestro vacío de Amor, de no sentirnos amados valorados... de no saber que somos hijos de un Dios de amor.

chikis dijo...

hola padre buendia.
Muy buen tema en lo personal para mi es muy dificil lidiar con eso siempre me enojo y mucho como dice usted me dejo llevar por la ira tardo en calmarme no reclamo nada a nadie, el problemo es que la paso enojada un buen rato y me es muy dificil controlarme muchas gracias por el tema lo pondre en practica