viernes, 15 de junio de 2018

San Antonio de Padua habla de el don de lenguas y los predicadores envidiosos


Compilado por Modesto Lule MSP

Pocas veces ponemos atención a lo que ya está escrito desde hace mucho tiempo y andamos buscando la novedad como si en la novedad se fuera encontrar la verdad. Algunas veces andamos buscando respuesta en escritores
contemporáneos para que nos digan qué es lo correcto y qué no. Algunas veces rezamos el oficio de lectura y lo pasamos de largo sin poner atención a los tesoros que ahí encontramos. No por algo los deja la Iglesia en la liturgia de las horas. Ahora me encontré con este texto que es de los sermones de san Antonio de Padua, (1, 226). Alguna biografía que me encontré dice que su nombre de pila es: Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo y nació en Lisboa, Portugal, en 1195; a los 15 años ingresó a los Canónigos Regulares de San Agustín, pero diez años después ingresó a los Frailes Menores Franciscanos donde a los 25 años adoptó el nombre de Antonio y como estuvo en Padua y ahí hizo muchos milagros por la ayuda de Dios, de ahí su calificativo.

Tenía voz clara y fuerte, memoria prodigiosa y un profundo conocimiento, el espíritu de profecía y era un notable predicador.

El Papa Gregorio IX lo canonizó menos de un año después de su muerte en Pentecostés el 30 de Mayo de 1232.

Este escrito lo pueden encontrar en el oficio de lectura del día 13 de junio día en el que la Iglesia lo recuerda.

El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo. «La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica.» En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras.



Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir!

Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor-.

Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios uno y trino”.

Espero te deje una reflexión este escrito y si tienes la oportunidad de rezar la liturgia de las horas hazlo con pausa y reflexión, los salmos son una oración profunda del pueblo de Israel que nosotros adoptamos pues ahí se encuentra reflejada la historia del pueblo judío, del pueblo de Dios. Para aprender a rezar la liturgia creo que lo más conveniente es siempre unirte a un grupo de parroquia que ya lo haga para que te vaya instruyendo.


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Hasta la próxima.













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